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La noticia llega sin sobresaltos

Hasta hace dos años, no creía en la depresión. Era una persona sana y con una capacidad de aguante mental muy alta. Siempre había pensado que esas personas que decían tener depresión lo que les pasaba era que, eran débiles mentales, tenían problemas pequeños que no sabían afrontar o que era la excusa para llamar la atención.


Un día, se sorprendió pensando en la muerte. ¡Qué madurez! Ha completado tanto sus objetivos en la vida, que era capaz de sentir que, si la muerte le llegaba, la afrontaría con tranquilidad y serenidad. Pero él sabía, en lo más profundo de su ser, que no había llegado a todos sus objetivos. Entonces, para acallar esa vocecilla interna, pensó: bueno, aunque no todos los objetivos están cumplidos, has aprendido a que en la vida no hay que vivir con tantas cosas. Se puede vivir con mucho menos, y prueba de ello, es que ahora no necesitas nada.


Pero de nuevo no podía engañarse a sí mismo, porque sabía que había que alguna cosa que su corazón le pedía, que necesitaba, y que no tenía. De nuevo se decía: hay que aprender a dejar ir, a vivir con lo que la vida nos da y asumir lo que nos quita.


Y con el tiempo fue asumiendo esta última frase, hasta que su vida pasó de la luz al gris, de la alegría a la mediocridad, de lo gris a lo negro, de la mediocridad a la tristeza, de la palabra al silencio. Y de nuevo se sorprendió, pero esta vez, no pensaba en la muerte, la deseaba. Sabía por qué, y no podía evitar pensar así. La vida había dejado de tener sentido.


*… ...*


Y *la noticia llega sin sobresaltos*.  La has escuchado y la has asimilado, o al menos eso crees. Eres maduro y sabes que estos temas son pasajeros. Pero en el cuerpo se ha sembrado una semilla. 

No hay por qué temer, no hay que dudar, el futuro es claro, entonces, ¿por qué tienes esos pensamientos? Quieres dejar de pensar, y provocas justo lo contrario. Cuanto más deseas que pase el tiempo, más lento pasa, y más profundo se hacen esos pensamientos. Empiezan a ir hacia esa semilla que va creciendo como un cáncer en el cuerpo.


¿Qué es lo malo? Pues quizás son excusas, pero piensas: el tiempo, el qué se hace en ese tiempo, el tener una rutina que te dicen que es complicado romper, el haber hecho planes de futuro, el saber que antes ese tiempo era bonito y ahora no sabes lo que es, el pensar que, aunque ya no pase hay otra persona que sí quiere que pasen cosas. Podría estar horas y horas diciendo motivos para justificar lo que la semilla me va diciendo. Todo es abono para la semilla, que crece y crece.


Aunque la experiencia de sentimientos pasados, te hacen saber que ya no todo lo mental lo controlas, que eres mucho más débil de lo que crees, quieres controlarlo. Desde la razón y desde tu supuesta fortaleza. Y tratas de contrarrestar a la semilla. ¡Error! La semilla ya ha arraigado sus raíces y tiene todos los argumentos que ya habías pensado anteriormente, más otros mil que surgen nuevos, y lo único que haces es cada vez darle más agua a la semilla, y empiezas a enfadarte.


¿Enfadarme? ¿Por qué? Pues no lo sabes, pero el cuerpo empieza a ser obsesivo, tiene un nuevo colaborador que es la ansiedad. Miras la hora y haces un cálculo de lo que aun queda. Porque en esta historia, hasta el último segundo te molesta. Y piensas, ¿pero no podría terminar antes? Y te sorprendes que tu enfado va en aumento. La semilla es un tronco firme que tiene fuerza para derribar al más calmado. Podría llegar el Dalai-Lama y le haría enfadarse también. Me diga lo que me diga, yo tengo razón.


*… ...*


Es domingo por la tarde y tu cuerpo empieza a tener un dolor. Físico. Aunque no hay nada que lo provoque. Sólo la mente y el recuerdo. La voz del dentista, el sonido del torno limando una muela, el olor a quemado cuando está limpiando una muela... No me lo están haciendo a mí, pero siento el dolor como si me lo hicieran. Pues ese es el sentimiento que me está entrando. Y aunque sabes que te va a doler, preguntas: 

- _esta semana … ¿qué?_

- _esta semana … ¿qué de qué?_

- _Que … ¿Cuándo quedamos?_

La respuesta es lo de menos. Lo que sientes es que estás en la sala de espera, y que tienes que entrar. Será el lunes, el miércoles, el jueves o el viernes … o todos, pero vas a entrar. Y duele desde el domingo. 

Y notas como, una semana más, *la noticia llega sin sobresaltos*

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