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El rosal que quiso florecer

Un rosal analiza cómo ha llegado a ser lo que es ahora.
Lejos queda cuando era una semilla, una declaración de intenciones, tenía la ilusión de hacer grandes cosas en la vida. Su historia acaba de empezar y todo era posible. Algunos errores iniciales, raíces por mal camino o alguna rama desviada, todos propios de su juventud, de no saber por dónde tenía que ir en la vida, pero que con la flexibilidad que le daba esa juventud, no le afectaban en nada.
La vida pasó, y esa planta no era consciente de lo rápido que caían los años. Vivía con la idea que aquello que estaba pasando era suficiente para ella. De hecho, así era, porque no pensaba mucho a largo plazo. No quería imaginarse lo que venía, de lo que se perdía, ni tampoco de lo rápido que pasaba el tiempo. Quizás durante este tiempo, tapó muchas posibilidades, tapó la luz de otras plantas, pero … _¿qué importaba si para ella esa vida que estaba avanzando era suficiente?_ Aunque no era la planta más bella del jardín, y tenía mucha competencia, _¿qué importaba si a ella le valía para vivir y vivir bien?_
Y después de muchos años, aquel rosal empezó a marchitarse. No sabía por qué. Bueno, quizás sí lo sabía, pero no lo quería asumir. Había entrado en tal rutina. Había quedado en unas ramas sin más, muy secas y sin más gracia que estar allí desde hacía años. No se fijó que ya no la regaban como antes, que la persona que la cuidaba la había dejado un poco de lado y abandonada. El rosal sabía que no le quedaba alternativa. Pensaba: _Todo está perdido_. 
El rosal se aferraba a las gotas de rocío, al trozo de tierra que aún no le habían quitado, pero quiso dar su última mejor acción antes de ese final que esperaba. Floreció como no lo había hecho antes. Sacó unas rosas rojas de un color intenso. Las flores estaban abiertas como nunca, aterciopeladas y con los pétalos dando su mejor tersura. Guardó todas las espinas que solía traer para poder dar ese esfuerzo. 
Todo esto surtió efecto. Su dueña la vio y recordó lo que le gustaba aquel rosal. Se dio cuenta que quizás no había estado tan pendiente de él. No todo estaba perdido. El hecho de no tener espinas ayudó a ella a limpiar las ramas dañadas. Tenía muchas secas, fruto del tiempo que la había dejado sin cuidados, pero el tronco principal había crecido inicialmente tan fuerte que, no parecía que dicha poda y limpiarla le hiciera daño, todo lo contrario, ahora crecería más fuerte.
La dueña regó el rosal a diario, sin pasarse para no dañarle. Y fue consciente que, con un pequeño esfuerzo, aquel rosal volvería a florecer como siempre lo había hecho. Le daría el mejor rincón del jardín. Sólo tenía que comprometerse a cuidarlo como lo había hecho inicialmente.
Aquel rosal, ya con cierta edad, era consciente que ya no tenía la fuerza inicial de una planta joven, pero ¿acaso no le quedaban unos cuantos años más? ¿por qué no seguir trepando? Le quedaban todavía muy bonitos momentos de vida. A pesar de sus heridas, de ramas muertas, esquejes no florecidos, tenía la intención de extenderse por lo que la dejaran. No quería dañar a otras plantas. Sabía en su savia que ese no era el camino adecuado, pero no por ello no iba a exigir su espacio, quería volver a florecer año tras año. Cada año con la misma fuerza. Quería seguir sin espinas para que su dueña pudiera disfrutarlo sin dañarse.
El tiempo ha pasado desde aquella semilla, pero todo tiene su sentido cuando una planta florece con tanta belleza. La planta no lo podría conseguir sin el cuidado de su dueña. Y las plantas no tendrían sentido sin alguien que las cuidara y admirara.

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