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Adrian

Adrián salió de casa con un portazo. No fue consciente de lo fuerte que cerraba porque su cabeza ya se situaba en la calle.

Bajó las escaleras saltando los escalones de 2 en 2, de 3 en 3, casi tratando de batir un récord en cada paso. Era la falta de aire lo que le hacía moverse tan rápido. No tenía miedo a caerse porque ni era consciente de lo que hacía.
Vivía en una calle céntrica en el típico apartamento abuhardillado de estudiante: pequeño, caro, pero con cierto encanto. 

En él había vivido grandes aventuras: fiestas con el doble de gente de lo recomendado para esos pocos metros cuadrados, novias de unas cuantas nacionalidades, algunas efímeras y otras de más larga duración, noches de timbas y cachimbas, o días de relax con el cielo abierto por un velux que le permitía ver las estrellas.

Adrián, salió por fin por el portal, algo le asfixiaba, y encontró el aire al salir a la calle, pero esa presión en el pecho no se le iba. Aunque ahora caminaba por la céntrica Gran vía, repleta de gente a pesar de ser ya un poco tarde, no veía a nadie. Era consciente del mogollón porque su cuerpo esquivaba a cada persona con la que se le cruzaba, pero su mente parecía ausente. Le hacía caminar sin rumbo.

Adrián era una persona muy sociable, pero desde la pérdida de su padre, se sentía muy vacío. Estaba tan unido él que le había pasado factura. No tenía ninguna relación sentimental actualmente, pero ese no era el problema de sentirse solo. Aunque la enfermedad de su padre le había anticipado su posible pérdida, no la esperaba en ese momento y cuando sucedió, fue la que le descentró por completo. Ya no encontraba entretenimiento en su trabajo, ni en la gente de su trabajo con la que solía salir. Había entrado en una espiral negativa en la que no encontraba salida.

Había sido una persona de éxito laboralmente, pero Adrián no sabía si era por el estrés o porque ya había llegado a su tope, pero había empezado a cambiarle el carácter durante el trabajo. Se sorprendía criticando a unos y a otros, destapando los errores que otros habían cometido. Jamás había sido así, pero es cierto que cada vez era más frecuente el encontrarse en actitudes de las que no se sentía orgulloso.

Sin saber cómo había llegado hasta el Jardín de la Morería, un bar que daba al Jardín de las Vistillas. Parecía que lo había hecho adrede porque el sol empezaba su ritual de puesta, y era el mejor lugar de todo Madrid para verlo. De hecho, la terraza estaba completamente llena. La gente se acinaba en todas las sillas, e incluso por el césped que ya caía hacia el Jardín.

Paró sólo un momento para contemplar al sol, y le dijo: _”no te vayas, no quiero que me dejes sólo. Te necesito.”_
Sin esperar respuesta, aunque obviamente era complicado que el sol le contestara, comenzó a caminar de nuevo. 

El puente de Segovia se encontraba a escasos metros y aunque era muy complicado, se situó por el lado exterior del cristal que protegía dicho puente. Adrián no llamó la atención porque todo el mundo camina sin levantar la cabeza. Si no es por el móvil, es porque caminamos con los cascos de música, o simplemente porque caminamos con una prisa sin sentido. 

Se situó en mitad del puente. Y entonces es cuando una niña francesa de apenas 5 años tiró fuertemente de la mano de su madre. _¿Qué hacía allí fuera del cristal?_

No mediaron palabra. Adrián miró a la niña, sonrió y señaló a un pajarillo que estaba posado al lado de él. En ese momento, el pájaro comenzó su vuelo hacia el vacío. Adrián no dejó de señalarle. Sin dejar de sonreír y como queriendo coger al pájaro … pronunció sus últimas palabras: _espera que ya voy_

Y Adrián voló.

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