Hace años que encontré la persona a la que podría ponerle los mejores adjetivos que puede traer la vida: compañera, confidente, amiga, hermana, … y como siempre he dicho: “no es eso, es más, algo único”. Adicionalmente me enamoré profundamente. Físicamente, intelectualmente, como persona, … en todo.
Las circunstancias (o los miedos) hicieron lo que hicieron, pero el destino (y el mayor órdago que me he tirado en la vida) me la pusieron de nuevo delante. De nuevo en donde estuvimos. Con una segunda oportunidad.
Tengo claro lo que queremos. Lo estamos demostrando ambos. Sólo tengo miedo a dos cosas, que van unidas una a la otra. Que el camino hasta el final nos lo haga pasar tan mal que metamos la pata y discutamos tanto, y no lleguemos a esa meta. Esto te sonará, porque ya nos ha pasado un par de veces. No quiero discutir, pero no quiero estar sufriendo y callarme. En la medida que me expliques todo, yo sufriré menos.
Eres espectacular, y veo lo que haces. Si quiero hablar contigo a la cara es porque veo en tus ojos el cariño con el que me dices todo. Me tranquiliza verlo.
No puedo hacer otra cosa que agradecerte querer estar conmigo. Me has elegido y eso ha sido voluntariamente. Si tú te planteas lo mismo, vuelve a empezar a leer el primer párrafo de esta chapa y entenderás por qué lo hago. Te agradezco que además me soportes en una circunstancia que no es la mejor para construir nada. Aunque creo que, en nuestro caso, está todo construido.
Comentarios
Publicar un comentario