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La escultura

El camión ha llegado. Una pluma-grúa descarga el bloque inmenso de granito. Dos metros de alto, uno de ancho y uno de largo. El “pi pi” característico de las obras suena mientras realizan las maniobras. Independientemente que el camión haga mucho ruido, ¿por qué tienen que chillar tanto para hacer su trabajo? Casi les echó a patadas para que le dejaran en paz cuando habían terminado y empezaban a encenderse un cigarro “por el trabajo bien hecho”. Les despide con un “adiós, adiós” y les cierra la puerta en las narices.
Cuando se marchan, y ya recuperando el silencio habitual que le proporciona vivir alejado de toda urbe, Paco empieza a mirar el bloque. Ha pensado mucho en lo que quiere. Toca la piedra con las manos, acariciándola, como queriendo desgastarla por puro roce. Quiere sentir el alma que la piedra lleva en su interior. La siente. 
No hay prisa alguna, pero su cuerpo le pide acción. Debe haber sido el ruido atronador, la llamada madrugadora que ya le traían la piedra, o que el café de hoy se lo había puesto más cargado de lo habitual, pero lo cierto es que tenía ya ganas de empezar.
Paco no era un artista nobel, su carrera había sido dilatada en muchas artes. No era la primera escultura a la que se enfrentaba, pero es cierto que era la primera de estas dimensiones. No era un encargo, era un reto personal. Llevaba soñando todo el proceso desde que empezó con los primeros bocetos, pero a medida que se acercaba la fecha en la que le traerían la piedra, empezó a sentir una intranquilidad que le sorprendía. ¡Con lo calmado que siempre había sido!
¿Por qué su cuerpo le hacía sentir tan impaciente? ¿Por qué el hecho de tener la piedra en su taller le generaba la ansiedad de querer tener la escultura terminada? Él era consciente que ese proyecto le requeriría muchos días de trabajo minucioso y lento. ¿Qué mosca le había picado para tener ese comportamiento? ¿Pareciera a un niño esperando abrir los regalos de la noche de reyes?
En su cabeza, Paco sabía que la figura que había dibujado durante semanas estaba ahí dentro. Que el tiempo le iría descubriendo cada rasgo preciso que él ya había imaginado, visualizado como si estuviera delante. Que disfrutaría de cada golpe del martillo al cincel. De cada día que iba a pasar contemplando los avances. Sabía el final. Sabía que tenía que hacer ese trabajo porque era algo que soñaba desde hacía mucho tiempo. Era lo que quería. No necesitaba nada en la vida, ni dinero, ni fama, ni un reconocimiento adicional. Pero eso lo quería.
Si todo era tan racional, ¿por qué a la vez se sentía tan impaciente? Si había esperado durante tanto tiempo para enfrentarse a este reto, y ya había sido capaz de empezarlo porque sabía que iba a acabar bien, ¿por qué se autoexigía correr ahora?
Paco se respondió a si mismo: Siempre he sabido que dentro de esa piedra hay una figura hermosa que me espera, pero he tardado mucho tiempo en saber que puedo y quiero sacarla a la luz y que ella venga a mí. Ahora estoy deseando tenerla conmigo. Nada ni nadie va a impedir que nos encontremos. Y cuanto antes la vea a mi lado, antes me daré cuenta de que necesitaba llegar a ese punto para valorar correctamente el camino recorrido. 
Cogió su cincel y martillo preferidos que tantas heridas les habían generado y, dando su primer golpe, le dijo a la piedra: bienvenida a casa, estoy deseando verte todos los días de mi vida.

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