Removía el café absorta. Sin pensar realmente en nada. Dejaba que la luz del amanecer hiciera su efecto. Los primeros rayos de sol generaban un calor a través de los cristales que, sin viento al estar el invernadero cerrado, hacían que no importara el tiempo que hacía fuera. Volviendo a la realidad se preguntaba cuántas veces había hecho esa misma rutina. ¿Cientos de veces? ¿Miles?
A lo largo de los años su piel se había ido arrugando y su pelo había perdido su tono negro hasta un bonito color plateado, pero lo que más había envejecido, y había sido hacía poco y de golpe, era su mente. Aquella rutina la había repetido una y otra vez con la persona que había compartido su vida, y ahora se sentía rota.
Le salía una sonrisa cuando recordaba todo lo compartido. Existían mil anécdotas, viajes, risas, y también estaban todas las celebraciones en familia. Algunos acontecimientos tristes, pero que son ley de vida. Incluso en esos casos sonreía, porque los había hecho a su lado.
La vida los unió y desde entonces habían estado siempre juntos. Sólo lo inevitable había conseguido separarles. Desde entonces, toda la familia trataba de arroparla, pero a ella le gustaba mantener esas rutinas que habían compartido. No quería abandonar la villa que habían comprado juntos y en la que habían invertido tantas horas de trabajo, de reformas, de manualidades, …
Recordaba muchas ocasiones con largas conversaciones en el invernadero. Ella siempre metiéndose con él, y él soltándole sus reflexiones sobre la vida. Otros días riéndose con una cerveza de más. Bebían poco, así que lo lograban rápido. Y otras veces simplemente manteniéndose en silencio mirándose el uno al otro. Ella siempre acababa cediendo y diciéndole: ¿Queeeé?
Si era justa, tendría que darle gracias a la vida. Había sido muy generosa en todos los sentidos. Había sido realmente feliz y plena. Y aun podía seguir siéndolo, aunque le faltara una parte de su corazón.
Su mente volvió a la realidad, y se sorprendió removiendo el café absorta.
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