La noche cae en el bosque.
El calor acumulado y la respiración de las plantas hacen que el ambiente sea húmedo.
Los animales comienzan sus cánticos nocturnos. Algunos salen a recoger fruto, otros observan a los primeros para cazarles.
Unos insectos se recogen y otros tratan de buscar su comida. Mientras, las arañas recomponen sus telas rotas por el viento.
Los árboles también tienen su ritual, con sus ramas y ayudados por la brisa de la noche realizan sus ruidos. Unos aúllan y otro ululan.
Todo ello es en conjunto una música orquestal que se repite a diario.
Ozi, un pequeño osezno, está descubriendo esta rutina. Su mamá quiere que se acueste pronto pero hoy tendrá la suerte de poder quedarse despierto con su padre, o al menos eso es lo que cree su madre. Mientras los viejos osos se reúnen para tomar decisiones de manada, Ozi va a realizar su primera travesura adentrándose por la noche sólo en el bosque.
Ozi escuchaba los ruidos con cierto miedo. Todo era nuevo para él. Un búho despertando y desplegando sus alas le hacía acelerar el paso hacia … no sabía realmente hacia dónde. Quería llegar a lo alto del pico de la montaña porque tenía curiosidad por ver el bosque desde lo alto. Creía que allí nadie le podría hacer daño.
Cuando por fin llegó, se quedó sin palabras. La luna estaba nueva, es decir, no estaba, pero a pesar de esa oscuridad absoluta, Ozi pudo observar todo el bosque que sus pocos años le habían permitido conocer. Veía otras zonas que jamás había recorrido. Un lago por allí, montañas aún más altas desde la que observaba. Alguna con zonas blancas. ¿Aquello sería la nieve de la que tanto le hablaba su madre?
Pero cuando aquello le estaba maravillando, algo le hizo abrir la boca y no poder cerrarla. ¿cuántas estrellas existían en el cielo? Se acomodó en el único trozo verde que había en el suelo como si de la mejor alfombra persa se tratara. Empezó a observar el cielo de un lado a otro.
Y recordó las palabras de su padre: Cada estrella del cielo es el alma de que abandonó la vida, para así vigilarnos y cuidarnos. En ese momento Ozi pensó que había más gente en el cielo que en la tierra. Pero luego pensó que en el fondo aquello era el legado de siglos de existencia.
Pudo ver a la osa mayor, la osa menor, Casiopea, Andrómeda, … todas las constelaciones cobraban vida delante de su hocico. La mayor obra de arte que pudiera existir en el mundo.
Si todas esas estrellas le protegían, ya jamás tendría miedo a nada. Tenía razón que al subir a lo alto, nada le podría hacer daño. Pero sobre todo, no le tendría miedo a la oscuridad, porque esa oscuridad es la que permitía ver esa pléyade de estrellas.
...
Los años pasaron. Y Ozi se convirtió en un oso importante dentro de la manada.
Cada año, en el aniversario de su primera travesura, cuando la luna se volvía luna nueva, Ozi volvía a lo alto de la montaña para observar las estrellas. Unos años lo hizo solo, otros acompañado, pero jamás olvidaría aquel día que las vio por primera vez.
Ahora tenía dos motivos adicionales para subir a observarlas, porque su padre formaba parte de ese cielo estrellado, y porque su hijo ahora le acompañaba para continuar la tradición.
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