La vida a veces es dura. No me refiero a cosas graves, porque eso está fuera de toda discusión. Me refiero más a pequeñas cosas que nos obligan a desear lo que no podemos tener, o que nos impiden disfrutarlas como es debido.
Es bien conocido que los jóvenes no tienen dinero para realizar todo lo que su vida impetuosa les permitiría realizar.
En el punto contrario, la gente muy mayor, que ya tiene recursos, no tiene salud o ganas para realizar proyectos nuevos, y se conforman con una rutina tranquila.
En el punto medio debería estar la virtud, pero la realidad es que la vida, como me gusta decir siempre, es caprichosa y se ríe de nosotros.
Cuando tienes algo, siempre hay un impedimento para disfrutarlo plenamente.
Cuando perdemos algo, deseamos lo que hemos perdido como si no pudiéramos vivir sin ello.
Cuando hay algo que vamos a recuperar, lo deseamos instantáneamente sin valorar el esfuerzo que nos ha llevado llegar a esa situación.
Pero en todos los casos hay algo que valoramos poco y que es común a todos. No es el dinero, porque se demuestra que hay muchas cosas que no lo necesitan para ser muy interesantes. No es la vitalidad, al menos la juvenil, porque hay personas que la sacan teniendo edad avanzada si le merece la pena el esfuerzo. Podría decir mil cosas que NO son necesarias pero iré al grano.
Lo que siempre se necesita es tiempo.
El tiempo es lo único que se pierde. Es lo único que no se recupera. Es lo único que no se puede compensar.
Valoremos el tiempo perdido y que sea la lección para no perderlo más en el futuro.
El tiempo es oro, y siempre lo será. Gastémoslo en lo que queramos realmente. No lo malgastemos en rutinas que ya hemos decidido que no queremos.
Si dejamos pasar el tiempo, marchitaremos las ilusiones.
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