Era un caballo salvaje. Ya tenía cierta edad y, no recordaba el tiempo desde el que vivía libre y sin rendir cuentas. Demasiado seguro de sí mismo.
Había llevado diferentes vidas, y había tenido muchos sueños. Algunos cumplidos, pero la mayoría no le llenaban. Ahora llevaba una temporada que vagaba sólo sin rumbo. Empezaba a pasarlo mal, porque el estar solo le hacía ponerse triste, pero además porque esa soledad le llevaba a estar descentrado y con la cabeza en otros pensamientos. No era una soledad buscada y eso le generaba ansiedad.
Con el paso de los días entró en una zona desértica y la comida y el agua empezaron a escasear.
Su mente empezó a volar. Recordaba momentos cabalgando en manada, cuando realmente era feliz. Ayudando a los demás y riendo por igual. Corriendo libre, pero siempre con compañía. Añoraba el sentirse querido y que fuera importante para los demás.
Ahora estando solo, empezaba a ser consciente de todo lo que hizo mal. No se sentía orgulloso de ello, pero muchas veces tienes que perder para saber lo que pierdes. Si al menos tuviera otra oportunidad...
Tenía mucha habre y sed, y no encontraba el norte. Cuando creía que todo estaba perdido, una noche fría, vio una estrella brillante, brillante como nunca, y decidió seguirla. Sabía que era la respuesta a su ruego. Era su última oportunidad, y tenía claro que, si no la seguía, podía perder la vida, porque ya nada tendría sentido.
Y desde entonces no dejó de cabalgar. Cada día lo que podía, pero siempre hacia adelante. Todo empezaba a enderezarse, pero no iba a dejar de cabalgar hasta que los sueños se cumplieran.
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