Aunque estaba hundido, Josep, repitió la rutina diaria que en los últimos días no había podido realizar. Había pasado unos días horribles, en los que se había planteado tirar la toalla. La tormenta constante y el fuerte oleaje había hecho meya en su estado de ánimo. Siempre había estado optimista a pesar de todas las aventuras ocurridas, pero los últimos meses habían sido muy duros.
Josep conoció a Razia por casualidad hace unos años. Los padres de uno y otro habían tratado de concertar una boda con sus hermanos. Josep tenía una hermana pequeña, muy pequeña llamada Cristin, y en el caso de Razia tenía un hermano mayor llamado Matty, que era el heredero de su país. Tenía sólo 14 años, pero ya era un auténtico príncipe. Había llegado a combatir en unas guerras internas, demostrando que estaba dispuesto a todo.
Durante un tiempo Razia convivió en la misma ciudad que Josep. Los novios tenían que conocerse y ella había acompañado a Matty durante esa estancia. Fue entonces cuando Josep y Razia se fueron conociendo. Siempre furtivamente y sin el consentimiento de nadie. Al principio hablaban de sus hermanos, pero poco a poco se fueron conociendo. El descubrió que había conocido al amor de su vida, pero no era capaz de hablar con sus padres para contar este noviazgo. Se decía que no era el momento, que cuando Matty y Cristin se casaran, sería más fácil que él pudiera plantearlo a su familia. Y así pasaron un tiempo. Felices de tenerse, aunque fuera de una manera clandestina.
Y un día vinieron los padres de Matty para llevárselo a su país. Obviamente llevándose también a Razia. A pesar de su buena disposición, no se habían puesto de acuerdo. Problemas religiosos dado que unos eran cristianos y los otros musulmanes, y ninguno dio su brazo a torcer a ceder por las consecuencias que tenía para sus países.
Josep apenas tuvo tiempo de despedirse de Razia, pero le prometió que la buscaría, y se comprometió que, le costara lo que le costara, tuviera que recorrer toda la tierra, y aunque eso le costara todo el tiempo del mundo, no descansaría hasta estar con ella. Ella le dijo que había sido un amor clandestino y que así no podía continuar.
Cuando la familia de Razia volvió a su país, Josep trató de explicar lo ocurrido, pero sus padres y su familia le prohibieron cumplir con su promesa. Obviamente Josep se escapó. Ya todo le daba igual. Nada tenía sentido si no podía ver a Razia. Sus días dejaron de tener sentido. Preparó un pequeño barco que le permitiera manejarlo por sí solo, lo cargó con todo lo que él consideraba necesario para un viaje de ida, y partió. Era un buen marinero y los primeros días fueron sencillos. Conocía las corrientes, y cómo evitar el mal tiempo. Había navegado por esos mares muchas veces. Pero según se fue alejando, la buena previsión, empezó a caer en picado.
Empezó a dudar de todo. El miedo le empezó a sembrar esa sombra que se fue alargando durante las noches frías. Esas tormentas que le sacaron de rumbo. Ese oleaje que hizo que perdiera parte de sus víveres.
Sólo la promesa que había hecho a Razia, y algo en su interior que le impedía tener una alternativa, le impedían dar la vuelta. Cuando se lo planteaba, algo le decía que no había alternativa. O Razia, o nada. Pero a pesar de su convencimiento una alternativa que empezaba a crecer. Esa nada. Había días que deseaba que una ola le sacara del barco. Aunque dormía poco, deseaba no despertarse. Tener una muerte no forzada. Por un animal marino, por una ola que golpeara el barco, por lo que fuera. Lo visualizaba y hasta lo deseaba. La noche era permanente.
Pero cuando estaba más hundido, salió el sol. Josep vio reflejar el sol en su anillo. El que Razia le dio intercambiándolo con uno suyo. Era un símbolo que reflejaba el compromiso. Y entonces comenzó su rutina. Las redes para recoger algún pescado, la lona para recoger el agua, afianzar las amarras, y tratar de confirmar que el rumbo era correcto. Hacía ciertos ejercicios para mantenerse en forma, pero ya la rutina era bastante dura.
Cuando estaba en plena faena, se dio cuenta de que la tormenta había pasado. Y no era la de nubes, viento y lluvia, sino la que había estado instalada en su cabeza. Reconoció que después de tanto tiempo peleando sin resultado, ahora no podía tirar la toalla. Había cosas que seguían sin encajar. Había demasiadas cosas que no se habían aclarado mientras se vieron. Pero tenía claro que lo que quería era volver a despertar viendo a Razia.
No le importaba si sus padres le desheredaban. Si tenía que dar explicaciones a todo el mundo, o si dejaba de darlas. No le importaba vivir ampulosamente, o vivir en el campo de la manera más humilde. No le importaba el cómo, le importaba con quién. Incluso de nuevo con el paso de los días, que volvían a ser buenos, pero de vez en cuando tan malos como antes, se dio cuenta que no le importaba el tiempo que llevaba tan mal. Porque sabía que ese viaje tendría fin en algún momento. Claro que quería que terminara. Ojalá fuera mañana mismo, pero si tenía que durar el doble, ya tenía las herramientas para poder afrontarlo.
Nada ni nadie podría detenerle. Solo quería llegar, y comprobar que Razia había cumplido su promesa. No dudaba, pero era lo único que impediría ser feliz. Ya sólo era algo entre Razia y Josep, entre Josep y Razia.
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