Nací en los 70’s. Una época que puedo adjetivar como feliz. Todos los recuerdos así lo son, y adicionalmente no teníamos ninguna preocupación. No teníamos que decidir, porque tampoco había muchas posibilidades de hacerlo. Fue una época en la que nuestros padres trataban de darnos todo lo que ellos no tuvieron, y aunque fuera poco, para nosotros era muchísimo más de lo que necesitábamos.
En los 80’s llegaron las primeras independencias supervisadas. Salíamos a la calle para hacer nuestras primeras actividades. Salíamos para ir al cine por primera vez. Nuestro primer amor y también nuestro primer desamor. Porque elegir trae aciertos, pero también errores. Las amistades más fuertes también podían traer las primeras decepciones. Creíamos comernos el mundo, pero nuestro mundo era muy pequeño. Salir del barrio era ya una aventura.
Llegaron los 90’s y llegó nuestra máxima expresión. Una década alocada y a la vez llena de nuevas emociones. La mayoría de edad te permitía cometer tus primeros grandes errores, las primeras elecciones en total libertad, aunque con el apoyo y asesoramiento de nuestros mayores. Seleccionamos una carrera o decidimos dónde trabajar para ganar nuestra primera paga. El mundo empezaba a verse con toda su expresión, porque el primer viaje traía a otro más lejos, y ver otras realidades permitía realmente pensar en grande.
Cuando llegó el siglo XXI, llegaron las responsabilidades. A la vez que ganábamos dinero y podíamos optar por cosas mejores, también decidíamos cosas que hacían que nuestro mundo se estrechara. Fue una época en la que los cambios tecnológicos cambiaron nuestra vida, y nosotros nos adaptamos con ellas. Llegó la instantaneidad a nuestras vidas de la mano de los primeros smartphones. Una esclavitud que no sabíamos que nos estábamos autoimponiendo.
Vinieron los 10’s con luces y sombras. La construcción de nuevas amistades, la llegada de unas bebes que cambiaron nuestra forma de ver el mundo, también de callejones sin salida e incluso del inicio del fin. Se cumplió la ley física que dice que todo lo que sube baja. Nadie nos advirtió que, si los desamores de juventud duelen, los maduros destrozan.
Y actualmente surfeamos los 20’s con un espejo personal casi literal de lo que está sucediendo en el mundo. Cuando crees que una pandemia es lo peor que te puede pasar en la vida, llega una filomena o nuevas catástrofes que te hacen ver que somos un minúsculo grano de arena en un desierto, y que un simple soplo de viento, te puede cambiar de sitio sin que puedas impedirlo. Si bien estar en los más profundo del pozo puede llevarte a la desesperación de no querer ni vivir, de repente y después de tanto sufrimiento ves la luz del sol con unos ojos que jamás habías visto. Y compruebas que puedes construir el mejor futuro que jamás habrías soñado.
Durante nuestras décadas iniciales no pensamos en el futuro, porque precisamente es lo que más tenemos en la vida. Somos todo futuro. Cuando la vida ya te ha recortado la mitad del tiempo, es cuanto más valoras ese futuro que te queda. No lo quieres vivir de cualquier manera. Y sorprendentemente, no se va a cumplir esa paradoja de las tres etapas, porque el tiempo se acaba, no nos sobra el dinero, pero, aunque se supone que lo que nos tiene que faltar vitalidad, es lo que más vamos a tener para afrontar lo que queda de década, y todas las adicionales que la vida nos quiera regalar.
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