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Define

Define lo que somos, le dijo. Ella se encogió de hombros. Llevaban media vida conociéndose, pero nunca habían tenido la necesidad de poner nombre a su relación.

Empezaron a hablar un poco por casualidad. Les unía cierta lucha, que les hizo socios en las penas, dándoles la posibilidad de hablar y hablar.

Las cosas se precipitaron demasiado rápido, pero sin forzar nada. Pasaron de dos personas con ganas de conocerse, a dos personas con ganas de quererse. La pasión los llevó a ser amantes de una relación espontánea y poco meditada.

Pero igual de rápido que llegó la pasión, llegó el cariño. Lloraron, rieron y se contaron confidencias como si se conocieran de niños. En unos años, eran dos personas completamente volcadas el uno por el otro.

El tiempo seguía pasando, llevándolos a discusiones, a momentos inolvidables, y a un día a día que empapaba sus corazones de un amor incondicional. El tiempo no solo no hacía mella, sino que les amalgamaba como dos metales en una forja.

Y sucedió algo que en ese momento él no quiso ver. Ella quería tener hijos y le quería dar la oportunidad de compartir esa relación con él. Las excusas fueron muy razonadas, pero no dejaban de serlo. Se daría cuenta con el tiempo. 

La vida continuaba como si no hubiera pasado nada, pero esa semilla estaba sembrada. No era una mala hierba, todo lo contrario. Era una maravilla, pero era incompatible con el amor que se querían tener. Y efectivamente, llegó el día en el que, de nuevo, ella le dio una segunda oportunidad. Esta vez, con un ultimátum implícito. Aunque se alargó un poco tiempo más, el concepto cambió. 

En ese momento, querían definirlo de manera muy diferente. Y lo hacían conscientemente uno y otro. Cada uno en un sentido. Obviamente, cuando quieres separar algo ya mezclado, cuesta hacerlo. Cuando quieres separar la costra de una herida todavía por curar, sangra. Cuando tiras de una cuerda en ambos sentidos, o se rompe o uno pierde. 

Y llegó la oscuridad. Querían ser amigos, querían conservar esa relación especial, pero las diferencias de intereses hacían que se convirtieran casi en enemigos. Dicen que son los amigos los que te hacen más daño, porque a los enemigos los ves venir, y tomas medidas para que no te afecten. Como en una telenovela se dieron todo tipo de engaños y traiciones. Una época oscura que se alargó demasiado tiempo para haber sido verdaderos amigos.

Y entonces fueron aquellas semillas sembradas en los primeros años las que impidieron a él renunciar. En la vida hay que perdonar. En la vida hay que asumir. Y, sobre todo, en la vida hay que ser valiente para tomar decisiones, aunque a veces se tomen tarde. Armado con un pasado imborrable, dijo: hagámoslo bien. Y ella, que también conservaba las semillas del pasado en su corazón, y que por eso sabía de qué hablaba, contestó: Sí. Discutieron, porque deshacer lo hecho no es tan sencillo, porque no eran conscientes del daño que se hacían, y porque no vale con decir las cosas, hay que demostrarlas, y eso cuesta más de lo que uno cree.

Y él volvió a preguntar: define qué somos. Y ella dijo: lo somos todo. Lo que fuimos, lo que quisimos ser, lo que no tuvimos que ser, pero también lo que sabemos que tenemos que ser. Somos lo que muchos no serán nunca, y que nosotros hemos sido capaces de ser dos veces. Somos un proyecto en construcción con unos planos claros para poder ejecutarlo sin dudar. Somos una suma de errores que hacen que cualquier nuevo error se afronte con cariño y respeto. Somos unos cimientos fuertes. Somos dos y somos uno.

Él recostó su cabeza sobre su tripa y se acurrucó. Le encantaba hacerlo mientras ella rozaba su pelo. 

La vida los había llevado por una relación con múltiples situaciones y de todo tipo de colores, pero la mejor había sido la que ella dijo: son todo. Habían pasado por todas las definiciones y por eso no era necesario definirla como ninguna.

El suspiró. Daba igual la definición o nuevas definiciones que vinieran, sabía que estaba en el sitio adecuado, para toda la vida.

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